Por qué dejo a mis hijos sentir

Es el sábado perfecto para una fiesta de cumpleaños. En el valle central se pone muy caliente en el verano y hoy esta cálido pero cómodo. Estoy sentada a la sombra y puedo sentir un viento fresco mientras espero el turno de Vicky de pegarle a la piñata. Vicky empieza a pegarle a la piñata y tomo algunas fotos para Paulo que esta lejos de nosotros preparándose para correr el maratón de Santa Rosa. Después de que se termina el turno de Vicky con la piñata, es ahí cuando comienza mi conflicto interno.

Sé que en cualquier momento romperán la piñata y todos los niños se lanzarán sobre los dulces. Vicky no es muy coordinada o veloz, así es que, yo ya sé lo que pasará porque hemos estado en esta situación antes. La piñata se romperá y ella no recogerá tantos dulces como los demás niños. Se sentirá desilusionada y tal vez habrá lagrimas. Puedo sentir mi ansiedad crecer mientras empiezo a resbalarme hacia el borde de mi silla. ¿Me aviento para ayudarla a recoger dulces? o ¿me quedo sentada en la silla? ¿Voy? o ¿Me quedo?

En ese momento empiezo a reflexionar. ¿Por qué estoy sintiéndome así? ¿De dónde vienen estos sentimientos? ¿Tiene éste sentimiento que ver con Vicky o conmigo? Me doy cuenta de que quiero ayudar a Vicky a recoger dulces porque no quiero que ella sienta el dolor de la desilusión. Yo quiero ayudarla a evitar la desilusión de no recoger tantos dulces como los demás niños. Me doy cuenta que ésta conmoción se trata más sobre mi propia incomodidad que con que Vicky sienta cualquier dolor emocional; ésta sensación viene de mi propio sentido de escasez como dice la Dra. Shefali Tsabary. Respiro profundo y me vuelvo a sentar completamente en mi silla. Hace tiempo mi esposo y yo decidimos que no les vamos a evitar el dolor emocional a nuestros hijos. Dolor, desilusión, angustia, perdidas, penas. Momentos dolorosos son inevitables en la vida y nosotros queremos hacer todo lo posible en ayudar a nuestros hijos a que aprendan a procesar sus sentimientos, no evadirlos.

No estoy segura en que momento exactamente tomamos la decisión de ser guías emocionales para nuestros hijos (un termino que escuchamos en algún lugar). Pero para poder lograrlo sabíamos que teníamos que entender cómo es que nosotros mismos sobre llevamos nuestros sentimientos. Yo tuve que reflexionar profundamente y reconocer que yo, a veces, no sé como navegar mis propias emociones. Si no puedo navegar mi propia tristeza, ira o dolor, ¿cómo podré ayudar a mi hijo(a) a hacerlo? Tuve que reconocer que mi incomodidad con que mis hijos sientan emociones de tristeza, dolor e ira estaban directamente relacionados con mí propia inhabilidad de navegar estos sentimientos en mí misma. En serio que sí es y sigue siendo verdaderamente, ¡difícil!

Lo que he aprendido hasta éste momento es que cuando me doy el tiempo de reflexionar, cuando logro ser valiente, cuando dejo que mis hijos me inspiren a hacer el trabajo duro sobre mí misma, es cuando puedo verdaderamente considerarme una guía para mis hijos. Es hasta entonces que dejo que algo de la existencia de mis hijos se manifieste en mi vida. Ahora que me siento más cómoda con el dolor emocional de Vicky y Paulito he visto que en realidad ellos están abiertos a navegar sus emociones si es que yo estoy dispuesta a darles el espacio para hacerlo. Es ahí donde está la magia.

Hace unas semanas Vicky subió los escalones de nuestro hogar llorando. Su castillo de princesas de la marca Legos, que ella y yo habíamos pasado horas construyendo, se había roto después de que Paulito se topó contra el castillo accidentalmente. Ella me esta contando la historia entre llantos. Paulo estaba sentado cercas de mi diciendo “esta bien Vicky, lo reconstruiremos otra vez, tú estás bien.” Cuando Vicky llega conmigo le digo, “¿Vicky estás triste porque tus Legos se cayeron verdad? Sí, tu trabajaste muy duro construyéndolo todo.” Y la abrazo como por un minuto. Luego me mira a la cara y me dice, “mami, ¿me ayudas a construirlo otra vez?” “Sí” le digo y así de rápido se va. No más llanto. Cuando bajo a buscarla para volver a construir el castillo a ella ya ni le interesa. Le di validez a sus sentimientos y la deje navegar su dolor hasta que estuvo lista y lo soltó.

Tengo que compartir que esta practica ha sido algo revolucionaria. A veces siento que esto es trabajo sagrado y siento una paz inmensa cuando lo logro.

Otro día en la mañana Paulito se levantó de mal humor y le gritaba a su hermana “¡cállate Vicky!” mientras se subían al carro para llevarlos a la escuela. Todavía estábamos en el garaje cuando me volteo a ver a Paulito y le digo, “Paulito, ¿estás de mal humor esta mañana?” Y le digo “hay días cuando yo estoy de mal humor por las mañanas cuando las cosas no me salen o si no logro hacer todo lo que tengo planeado.” Paulito se queda pensando un momento y luego responde, “sí, estoy de mal humor” y me empieza a contar lo que no le había salido bien esa mañana. Antes de salir de nuestro portón ya se nota platicador y sonriente. En el pasado le hubiera gritado y dicho “Paulito, ¡deja de gritarle a tu hermana!” y el hubiera respondido “¡pues dile que se calle!” y hubiéramos intercambiado esas palabras una y otra vez creando un ambiente hostil e intolerable y yo estaría contando los minutos para que los dos se bajaran del carro en la escuela. En cambio, ese día le di validez a sus sentimientos y le deje saber que yo también tengo los mismos sentimientos. Magia.

Ahora, estoy compartiendo todos estos ejemplos maravillosos, demostrando que puedo estar toda entonada con mis emociones; debe parecer que soy increíble (o un poco loca) pero déjame hablar honestamente sobre el otro lado de la moneda. Yo cometo errores todo el tiempo. Este fin de semana pasado, cuando pude tener suficiente consciencia para dejar que Vicky sintiera el dolor de no recoger muchos dulces, pues esa misma noche me faltó consciencia y empatía cuando mis hijos no querían despedirse de sus primos después de una día muy largo y cuando ya les había advertido que nos iríamos a las 10 de la noche y nos despedimos hasta las 11 de la noche. No tuve empatía, y sí, les grité. Llegué a la casa de mis padres donde nos quedamos la noche y me reúse a cargar a Paulito que se había quedado dormido en el carro y ahora me decía que estaba muy cansado para caminar. “Oh sí” le dije, “ahora estas muy cansado cuando hace 15 minutos tenías toda la energía del mundo y querías seguir jugando con tus primos. Pero, ¿ahora estás cansado?.” No. ¡Ni maíz! No lo cargué. Aquí no hubo magia.

La realidad es que hay momentos cuando me saco un diez y hay momentos que no, pero cada día me comprometo nuevamente a dejar que mis hijos afronten sus sentimientos y al mismo tiempo hacer el duro trabajo de madurarme a mi misma. Espero haberles dado algo de qué pensar. ¿Qué cómoda/o te sientes con tus emociones al ver a tus hijos pasando por un dolor emocional? ¿Te hace sentido algo de esto? Me encantaría saber lo que piensas. Deja un comentario debajo o comenta a través de nuestra pagina de Facebook. También te invitamos a compartir este blog si piensas que le sería útil a otros padres y no se te olvide suscribirte a nuestro boletín informativo si no lo has hecho. ¡Gracias por seguir dejándonos ser parte de tu evolución como padre!

Con Gratitud,

Yesenia

© Carolina Adame Photography